Llama a la puerta sin respiro y uno no quiere abrírsela al calor, porque teme las consecuencias de su entrada en casa. Es el lobo que se ha pintado la pata de blanca y ya no es pata negra, oscura, peluda y temible sino más bien patita inocente de corderillo. Así que sin querer le abre uno cautamente las puertas de su casa, y confiado y desagradecido el calor entra impetuoso para hacerse dueño de cada uno de los rincones de la casa.
Adorna cada uno de los recovecos del salón y no se olvida de insistir con ahínco en el estudio, en donde los lomos de los libros se derriten impotentes ante lo impetuoso del ciclón.
Pasa por la cocina, y no se preocupa del dormitorio hasta bien entrada la noche, porque sabe que es lugar de paso hasta el anochecer. Disfruta el sol de los jardines y como impotente observa que en esta casa minúscula ni siquiera las terrazas tienen su espacio, redobla sus esfuerzos en cualquier lugar en el que intuya el movimiento de una idea, de manera que el trabajo se torna impensable durante buena parte del día.
Lo único que queda, pues, es la rendición absoluta ante la evidencia. Y el conformismo del que sabe que ésta es una batalla perdida desde antes de comenzarla tras la que nunca nadie pensará en uno mañana.