LECTURAS EN LAS QUE VALE LA PENA PERDER EL TIEMPO Y GANAR ALGO DE FELICIDAD -O DE SAPIENCIA-.
viernes, 25 de septiembre de 2009
La taza de café
Humeante. Blanca. Decorada con una estampa de la Costa Brava. Pero no la plebeya, sino la de la alta burguesía de los años 40 y 50. Sin asfalto. Sin coches apenas. Con grandes fincas dedicadas al cultivo de la supervivencia y el comercio menor. Repleta de café barato. De gran superficie comercial. Apenas dos euros el kilo. Reventador de ideas y un gran desobturador de venas constreñidas. Sangre veloz hacia el cerebro. Preñado de imágenes que no consiguen desgajarse. Por fin un café. Una señal al otro lado de la ventana. Erotismo expuesto a su máxima potencia. Fetichismo letal. Un sorbo ardiente. Humareda que se escapa. Un guiño. Una erección. Miradas furtivas que se escapan y se reencuentran. Todo desde la distancia impuesta. La vuelta de honor al ruedo. Y al final, más de lo mismo. Una noticia en el diario. Y el deseo impetuoso de leer a Kapuscinski.
domingo, 13 de septiembre de 2009
Me lo susurró un poeta
Sí, sí,
uno que viajaba de Barcelona a Tailandia
y bebía gin-tonics con Carlos Barral.
Uno que descubrió al Pijoaparte por las calles de Barcelona,
y no tuvo tiempo de reirse con Gurb,
porque por entonces la literatura ya no acompañaba
sus viajes.
Me lo ha dicho estos días un poeta,
que ha viajado conmigo durante el fin de semana,
en un vagón oscuro y sincero
por la Costa Brava.
Le vi afeitarse la barba
mientras asistía al entierro de un amigo común,
que se suicidó por arrepentimiento:
¡había vendido todos sus libros por dinero!
Inadaptación.
Otro gint-tonic, por favor.
Que la noche es larga
y nosotros demasiado estúpidos para surcarla
sin pre-avisos.
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