
La lectura anárquica y la elección arbitraria de títulos hacen que uno llegue a ciertos autores de forma desordenada y algo caótica. En muchas ocasiones ese camino es divertido y acertado, pues la casualidad hace que el lector no se arrepienta de llegar a los autores por puertas laterales.
Hoy, con Ricardo Piglia, uno no puede decir que esta última puerta de la casa sea un error, ni mucho menos -la novela vale mucho la pena- pero a uno le queda un regusto amargo porque con este sí que me hubiera gustado llegar desde el orden, es decir, desde la primera novela hasta la última. Eso me ocurre en pocas ocasiones: me sucedió con Kiko Amat y con Ian McEwan.
En cualquier caso, Blanco nocturno es una historia policíaca muy bien construida, en la que sorprende la finura en la que Piglia va saltando de una voz narradora a otra. Para que a nadie le sorprenda, el asesino se descubre más o menos en la mitad de la novela, y sin embargo el interés del lector no solo no decae, sino que va in crescendo. El comisario Croce al prinicipio y el periodista Emilio Renzi después son los que sostienen el peso de una narración que buscará no sólo a los culpables sino también las intenciones, los sentidos de los actos humanos.
En los personajes hay gotas de Don Quijote y de Crónica de una muerte anunciada, todo ello muy bien combinado por la maestría de un escritor consolidado, serio y al que vale la pena seguir, aunque sea en sentido inverso a sus publicaciones. Es decir, de la última a la primera.

