
Es casi inevitable escribir una reseña de Fin, la novela del gallego David Monteagudo que en apenas tres meses ha conseguido llegar a la sexta edición. La novela es la historia de un grupo de amigos que rondan los cincuenta años de edad y que tras una separación algo traumática, deciden reunirse de nuevo muchos años después. Ese encuentro inicial, que actúa como motor de arranque, es el principio de una serie de aventuras en las que los críticos literarios han querido ver referencias a Cormac MacCarthy, Stephen King o Agatha Christie.
La novela se acerca a las historias de terror, a un retrato generacional, con un fuerte peso psicológico y algunas tinturas interesantes de la ciencia ficción. Todo ello trabajado por un autor que demuestra ser un buen escritor en dos aspectos, sobre todo: los diálogos, muy bien construidos, ágiles y con un fuerte peso en la historia. Y las descripciones, de un alto nivel en muchas ocasiones.
Las aventuras del grupo se irán sucediendo desde el momento en que, al despertar por la mañana, se percaten que ningún objeto electrónico (coches, teléfonos, mecheros, etcétera) funciona, lo que les obligará a abandonar el refugio en el que han pasado la noche para ir en busca de ayuda. A partir de ahí el retrato generacional se convertirá en una novela ecléctica en la que irán apareciendo todos los subgéneros antes mencionados.
Sólo tiene una pega. Las grandes novelas se enfrentan siempre al reto del final y terminar una buena historia es una aventura con muchas probabilidades de fracaso. En este caso, Fin es algo cobarde. No es un fracaso, ni mucho menos. Pero si es un final algo aguado, falto de un poco de coraje, el suficiente para decidir solucionar lo que ha ido atrayendo la atención del lector durante las trescientas páginas de la novela.
Ese final no es, sin embargo, una excusa para dejar de leerla.




