sábado, 19 de diciembre de 2009

La verdadera historia sobre la publicación de La verdad sobre el caso Savolta

La publicación de la primera novela de Eduardo Mendoza se debe a la labor del polifacético y omnipresente Pere Gimferrer. Por entonces -la novela se publica por primera vez en 1975- Gimferrer trabajaba ya en la editorial Seix Barral, que había dejado de estar dirigida por Carlos Barral (a principios de los años 70, Carlos Barral, por problemas con la familia Seix, abandona la dirección de Seix Barral y funda Barral Editores, en la que intentó continuar su labor de editor referencial).
Eduardo Mendoza y Pere Gimferrer compartían aulas, pero sobre todo horas de bar, en la facultad de derecho de Barcelona; allí estudiaban ambos junto a un tercer mosquetero, Felix de Azúa. Mendoza poseía una sola copia del manuscrito de la novela, así que cuando se la entregó a Gimferrer le apremió a que le diese una pronta respuesta, pues no podía permitirse el lujo de enviar varias copias a distintas editoriales. Gimferrer, sin embargo, no perdió el tiempo. Y su respuesta, además, fue fulminante. La novela no sólo iba a ser publicada por una de las editoriales de más prestigio del país (Seix Barral era junto a Destino y Alianza una de las editoriales de referencia en la publicación de novela) sino que además iba a convertirse en la referencia indiscutible de la modernidad en la novela española. Era la superación de Luis Martín Santos, de Carmen Martín Gaite, de Rafael Sánchez Ferlosio, de Francisco Umbral. Mendoza consiguió con Pajarito de Soto y compañía crear una novela de intriga perfectamente coherente, encajada en la Barcelona de los primeros años del siglo XX, capaz de radiografiar con maestría la sociedad catalana como no se había hecho antes. Y además lo relataba con la voz de un personaje sometido a un juicio en Estados Unidos, lugar de peregrinaje de la intelectualidad catalana en los años 70 y 80, hartos ya de la cansina referencia parisina.
El porqué de la modernidad de La verdad sobre el caso Savolta la explica muy bien Julià Guillamon en La ciutat interrompuda, y vale la pena leer el prólogo que el propio autor presenta en la edición que Seix Barral ha hecho en la Biblitoeca Eduardo Mendoza.
En cualquier caso la novela es de inevitable lectura. La frescura de la narración de los hispanoamericanos late en cada página, y uno no tiene en ningún momento esa sensación de seriedad, de lección moral que suele acompañar a las novelas españolas hasta los años 50. Como si Unamuno fuese una referencia demasiado pesada. La de Mendoza se lee con naturalidad más de treinta años después, y eso tal vez quiera decir que la crítica no estaba del todo equivocada.

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