Un amigo poeta, de los de barba ancha y mirada embriagada, le había convencido de que sin una novela de más de mil páginas jamás sería escritor. Pero no le hizo caso.
El texto breve. Conciso, rápido y ajeno a sentimentalismos. Como un buen derechazo en el estómago. Nada de alusiones a elementos decorativos.
Así pues una sóla línea le vastó para sentirse escritor. Buscó y buscó durante semanas en los talleres de escritura, pero no encontró nada. De manera que se acercó un momento al supermercado que tení debajo de casa, compró la primera caja de cereales que encontró, y copió tal cual el nombre en un folio en blanco.
No firmó, porque quería interesar al público con su anonimato. Y lo envió a un premio cualquiera.
El resto es cosa sabida. Más de un millón de títulos vendidos y el reconocimiento de la crítica por su extraordinaria capacidad de síntesis, origen de un regeneración insusual de la literatura postmoderna.
Ahora vive en Suecia, donde dicen se escribe novela negra. Y cuida de una tortuga tropical.
En la última entrevista que concedió, reconoció estar agotado de la literatura. Ahora sólo pasea y come. Y de vez en cuando, fuma algún cigarrillo.