
Tabucchilandia es un espacio imaginario en el que relajarse, respirar profundamente, olvidar las cosas veloces y estresantes para disfrutar de lo efímero y placentero, donde acariciar un fósil es -como dice Eduard Punset- el camino perfecto para percartarse que las prisas son malas compañeras de viaje. Tabucchilandia es un paraíso en el centro mismo de un generador de velocidad. Un paraíso poblado de letras breves y sencillas pero de una profundidad que acongoja.
Y es en ese rincón concreto del tiempo, donde se detienen los objetos y se paladean los sabores más escondidos, en el que hay que comprender y disfrutar de estos nueve cuentos que acaba de publicar Anagrama.
Antonio Tabucchi tiene el don de la inteligencia y la magia de saber contar historias, y al leer El tiempo envejece deprisa uno tiene la sensación de estar sentado siendo un chiquillo a los pies reconfortantes de un abuelo centenario que cuenta sus historias a unos oídos del todo inocentes. No hay maldad en el lector que reposa en Tabucchi, porque a uno le embarga una ternura extraña frente a sus letras, mismo si el protagonista de la novela es un antiguo espía de la República Democrática Alemana.
Es la misma confianza y bondad del señor Pereira. Pero con nombres y apellidos distintos.
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