Y nadie conoce mis vergüenzas, ni alemanas ni almerienses ni francesas.
Salgo a correr, para que la mente despiste las inquietudes, y me deje marchar sin prisas ni penas. Y mientras tanto, entre brisas y aires marinos, escucho los sonidos de los que opinan del país y los que marginan a unos y a otros, sin contemplaciones, resguardando su codicioso pequeño espacio o trozo del pastel.
Yo sigo aquí, entre mis metros recorridos y mis letras escritas que ni releo ni leen.
En fin, que opinen los demás que yo escucho y disfruto de mis soledades.
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