Las voces más allá,
mucho más allá.
Llegan turbias y sucias. Cansadas.
Desde un prostíbulo de novela reciente,
que leo y consumo entre sábanas saladas,
dormidas y egoístas.
Saliva en el corazón,
sombra de luz en el índice
y un nuevo asunto que me lleva
entre las olas oscuras y sucias
del Mediterráneo casero, afligido.
Tal vez la belleza no encuentre sus puentes
a los que lanzar los pasos perdidos de toda una generación,
los pasos que escuchen y resuenen entre baldosines amarillos
y sinfonías monocordes.
Más allá,
mucho más allá,
donde el tiempo pierde sus nociones confusas,
alteradas, embrionarias.
Entre los lienzos que marcan el principio del sueño,
redentor universal de todas las pesadillas nocturnas.
Es allí donde encuentro mi pensamiento,
olvidado en el fondo de un saco
en el que migajas de pan
comparten espacio con etiquetas vacías de contenido.
Vuelvo al embrión de mi sueño,
y allá, el párpado maquillado se esconde,
cobarde,
alterado,
y entre miedos y sudores fríos
responde a los que le acusan
de no ser más que palabra en el tiempo,
letra sin lectura,
poema sin rima.
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