
Es imposible recorrer las páginas de El gran Gatsby sin que a uno le venga a la cabeza la estética más auténtica del Hollywood clásico. El de los sombreros de fieltro modelo homburg, los largos abrigos hasta el tobillo, los trajes hechos a medida y el humo del tabaco sombreando los ambientes.
La novela es de 1925 y aunque cuando se publicó apenas tuvo lectores (apenas se vendieron algo más de veinte mil ejemplares) consagró definitivamente a Francis Scott Fitzgerald como uno de los narradores imprescindibles de la llamada "generación perdida" de novelistas norteamericanos. Es el retrato de la decadencia de una sociedad surgida del trabajo, la moderación, el esfuerzo y una religiosidad imperante; una sociedad que, tras alcanzar el poder y el éxito, malgasta sus energías en el ocio más superficial y desarraigado. Quizás la otra cara de la moneda 4 hermanas.
Es un aviso para navegantes, el espejo que muestra lo que puede haber tras una sociedad capitalista exitosa y desarrollada. Tras la riqueza de una generación, llega el ocio y la decadencia de la siguiente. Herencias corrompidas y malgastadas. Esa es la enseñanza que encierra la vida del señor Gatsby, la decrepitud de un capitalismo que entiende el éxito en lo económico como el único éxito posible. Cuando no existe el arte, la amistad cierta, la bondad y todo éxito social se traduce en un coche más rápido o una casa más grande, lo siguiente, una vez conseguido, es el ocio más estúpido y degenerado. Una excelente lección.
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